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30 segundos de agua fría: ¿qué pueden hacer por tu cuerpo?

Los días de verano pueden ser la oportunidad perfecta para animarte a probar las duchas de agua fría. No necesitan ser muy largas y pueden ser muy benéficas para ti. Aquí te contamos algunos de sus beneficios y cómo puedes empezar a incorporarlas en tus días.


¿Por qué agua fría?

Porque es un tipo de estrés que puede hacerte más fuerte y retrasar el envejecimiento.

Hay estresores saludables y breves —como el ayuno intermitente, el ejercicio intensivo en intervalos cortos o las duchas de agua fría— que estimulan los procesos antienvejecimiento en nuestro cuerpo y fortalecen los genes que promueven la longevidad. 


¿Eres de los que están siempre abrigados?

Es común defenderse del frío a toda costa: cerrar las ventanas y cubrirse de pies a cabeza en cuanto se siente el viento más fresco, por temor a resfriarnos. Si lo hacemos así todas las veces, nuestro cuerpo no tiene la oportunidad de fortalecerse y de aprender a adaptarse a temperaturas más frías, y entonces es más probable que nos enfermemos la siguiente vez que nos expongamos al frío. En lugar de proteger a nuestro organismo, podríamos estar debilitándolo.

Nuestros ancestros estaban preparados para hacer frente a temperaturas variables. Venimos de un largo linaje de cuerpos saludables y fuertes. Por eso aprender a familiarizarnos con las temperaturas frías por períodos breves hace que nuestro organismo sea más fuerte y longevo. 


¿Qué sucede en las células cuando nos exponemos al frío?

Cuando recibimos el frío en periodos cortos, estimulamos la capacidad que tienen nuestras células para repararse a sí mismas y para limpiar los desechos que puedan estar acumulados, en un proceso llamado autofagia. Esta es una tarea que nuestras células llevan a cabo durante toda la vida: eliminar las partes que ya no sirven, limpiar y reconstruir lo que hace falta. La exposición breve al frío le da a nuestro cuerpo la oportunidad de hacer que este proceso sea más eficiente, con lo que ayuda a retrasar el envejecimiento natural que también ocurre a diario. 

Además, exponernos al frío es especialmente benéfico para nuestras mitocondrias, las pequeñas fábricas de energía que se encuentran dentro de cada una de nuestras células. Las mitocondrias son la clave de la longevidad, porque transforman la comida y el oxígeno en moléculas de ATP, que son la moneda esencial que nuestro cuerpo requiere para todas las reacciones bioquímicas que lleva a cabo, por ejemplo en el corazón, el cerebro y los músculos.

La exposición controlada al frío puede ayudar a:

  • Estimular la longevidad
  • Fortalecer a las mitocondrias
  • Disminuir la inflamación y el dolor
  • Disminuir el estrés oxidativo
  • Mejorar las funciones del sistema inmune
  • Mejorar la calidad de sueño
  • Mejorar el estado de ánimo y la atención (al estimular la producción de endorfinas)

Además, se estudia la posibilidad de utilizarla para:

  • Acelerar la pérdida de ciertos tipos de grasa (la que nuestro cuerpo utiliza para mantener su temperatura)
  • Tratar la demencia (al combatir la inflamación y el estrés oxidativo)
  • Tratar la migraña y otros dolores
  • Reducir ansiedad y depresión

¿Cómo incorporar la exposición breve al frío en tu rutina?

Es cierto que exponernos al frío durante periodos muy prolongados puede ser una carga excesiva para el sistema inmune. Por eso, lo ideal es que sea por periodos breves y empezar poco a poco:

  • 30 segundos de agua fría al final de tu ducha
    Es una de las formas más amables de empezar. Después de tu ducha a la temperatura usual (ojalá no excesivamente caliente), cuenta de 30 a 60 segundos de agua fría. Mientras dejas que tu cuerpo la reciba, procura hacer respiraciones lentas y profundas y mantener tu cuerpo en calma (en lugar de temblar, brincar o respirar aceleradamente).
    Puedes empezar con unos segundos de agua tibia y día con día ir reduciendo la temperatura y la duración. Es muy probable que al salir sientas la recarga inmediata de energía, mientras tu organismo aprovecha el efecto antienvejecimiento.
  • Protégete un poco menos del frío
    La próxima vez que sientas el impulso de cerrar una ventana o de cubrirte de abrigos, guantes y bufandas, resístelo un poco. Deja la ventana abierta unos minutos más o permítete sentir el frío durante unos segundos mientras respiras de manera profunda y calmada. Poco a poco irá mejorando tu tolerancia al frío —y aumentando la fortaleza de tu cuerpo, junto con los beneficios que te contamos arriba. 

(Si tienes algún padecimiento —como enfermedades del corazón, presión alta o diabetes— es recomendable consultar individualmente con tu médico funcional antes de practicar la exposición al frío.)

¡Que disfrutes la recarga de energía y de salud!

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