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¿El GLUTEN es dañino? ¿A ti te conviene dejarlo?

El gluten es la proteína que le da al pan una textura esponjosa y suave, mientras que hace que la masa sea pegajosa. El nombre viene del latín y significa “pegamento”. De ahí vienen palabras como “glue” (en inglés) o “aglutinar”. Está presente en el trigo, la cebada y el centeno, pero todos los cereales (como la avena y el maíz) tienen proteínas muy similares. 

El gluten (y proteínas similares) suelen causar inflamación y síntomas como estreñimiento, fatiga, ansiedad, anemia, aumento de peso y problemas en la piel —y a largo plazo pueden contribuir a desencadenar enfermedades crónicas como diabetes, esclerosis, tiroiditis, colitis, Alzheimer, Parkinson, autismo, etc. 


¿El “gluten free” es una moda?

No. Aunque el pan se consume desde hace miles de años, el trigo y los granos que comemos ahora no son los mismos que comían nuestros abuelos. Para que los cultivos crezcan más rápido y sean más resistentes a las sequías y a las plagas, se han desarrollado granos híbridos que tienen proteínas que no existían antes y en cantidades mucho mayores (¡pueden tener hasta 50 veces más gluten!). También se utilizan de forma masiva pesticidas, fertilizantes y herbicidas como el glifosato. 

Además, el trigo ahora pasa por procesos que permiten agregarlo a muchos alimentos procesados como estabilizante o aditivo, por ejemplo: mayonesa, aderezos, embutidos, papas fritas, soya, sopas, salsas, medicamentos, suplementos y hasta productos de belleza. 

Por si fuera poco, ahora consumimos trigo y granos con mucho mayor frecuencia que las generaciones pasadas, por el ritmo de vida acelerado en el que la comida rápida es la más disponible. Y el gluten estimula los centros de recompensa del cerebro, con lo que provoca que queramos comer más y más, estimula el apetito y favorece el aumento de peso. 

Todo esto puede explicar por qué la enfermedad celíaca ha aumentado significativamente durante los últimos años. En los años 70 se calculaba que 1 de cada 500 personas era celíaca; en los 80 era 1 de cada 250 personas; en los 2000 era 1 de cada 100. Algunos estudios calculan que actualmente 1 de cada 20 personas (en países desarrollados) podría tener alguna forma de sensibilidad al gluten (aunque no tengan enfermedad celíaca).


¿Qué síntomas tienen quienes son sensibles al gluten?

¡Pueden ser muy variados! La sensibilidad al gluten es como un camaleón, que aparece de formas muy distintas y puede afectar cualquier órgano o tejido del cuerpo. 

Pueden ser síntomas que no parecen relacionados con la digestión, por ejemplo:

  • Dolores de cabeza
  • Anemia
  • Dolor de articulaciones
  • Mente nublada
  • Fatiga
  • Depresión, ansiedad, ataques de pánico o fobia social
  • Problemas de la piel, como eczema o dermatitis
  • Problemas de fertilidad

Cuando los síntomas no son digestivos, el gluten puede ser un “veneno silencioso”, pues la sensibilidad al gluten es difícil de identificar y de diagnosticar.

Es más fácil identificarla cuando hay síntomas digestivos después de comerlo:

  • Dolor de estómago
  • Abdomen hinchado
  • Diarrea
  • Estreñimiento
  • Gases

Cuando la sensibilidad al gluten está presente por años, pueden desarrollarse enfermedades como:

  • Diabetes
  • Tiroiditis de Hashimoto
  • Esclerosis múltiple
  • Osteoporosis
  • Trastornos del espectro autista
  • Déficit de atención
  • Epilepsia
  • Esquizofrenia
  • Alzheimer, Parkinson, complicaciones neurológicas

La buena noticia es que muchos de estos síntomas y condiciones pueden mejorar (¡incluso revertirse!) al retirar el gluten de la alimentación. 


¿Qué pasa en tus intestinos cuando comes gluten?

El intestino es un tubo muy largo que tiene un recubrimiento delgadísimo: su grosor es de una sola capa de células. Aunque sea tan delgado, ese recubrimiento es una barrera extraordinaria que no deja que ningún elemento extraño (como toxinas y bacterias) la atraviese y llegue al torrente sanguíneo. Solo pueden atravesar esta barrera las partículas que ya fueron digeridas. Las proteínas como el gluten no pueden pasar enteras, tienen que ser descompuestas en partes más simples para poder atravesar. 

Para impedir el paso, este recubrimiento intestinal tiene “puertas” entre una célula y otra. No es un muro sólido, sino una especie de aduana, con puertas que se abren y se cierran de acuerdo a las instrucciones… ¿de quién?

Fue apenas en el año 2000 que se descubrió una molécula que puede dar la instrucción de abrir esas puertas incluso cuando no deberían abrirse, algo así como un agente de “contrabando”. La molécula se llama zonulina. Las personas celíacas producen demasiada zonulina, con lo que cada vez que comen gluten, las puertas se quedan abiertas durante mucho tiempo y dejan pasar las proteínas del gluten sin digerir. Al llegar al torrente sanguíneo, el sistema inmune las detecta como invasoras y se desata un ataque que atrofia las vellosidades del recubrimiento intestinal (que son como los hilitos de una toalla, que la hacen más absorbente) y afecta la absorción de nutrientes. 

Para quienes no tienen enfermedad celiaca, hay dos formas en que se produce zonulina:

  • Cuando hay bacterias en partes del intestino en las que no debería haber y están “robando” nutrientes. Producimos zonulina para abrir las puertas de la pared intestinal para que entre agua que diluye las toxinas que están produciendo esas bacterias y a la vez retira las bacterias invasoras. 
  • Cuando comemos gluten. Cuando las proteínas del gluten llegan a esa zona del intestino, se produce zonulina como si se tratara de bacterias. Las puertas se abren y el gluten atraviesa la barrera, aunque no debería. 

Esto sucede para todas las personas, no sólo para quienes son sensibles al gluten. La diferencia es que para quienes no tienen sensibilidad, las puertas se abren durante solo unos minutos, el gluten atraviesa y el sistema inmune lo identifica y limpia el desastre. 

Pero para quienes tienen sensibilidad, la cantidad de zonulina es mayor y las puertas se quedan abiertas durante más tiempo. Esto se llama “intestino permeable”. Atraviesan muchas otras substancias que no deberían, como virus, bacterias, parásitos y metales pesados que provocan daños en el organismo. Y el sistema inmune tiene una confusión: en lugar de atacar al enemigo, ataca tejidos del propio cuerpo, como la pared intestinal, la tiroides, las articulaciones, etc. Así se desarrollan muchas condiciones autoinmunes, como la tiroiditis, artritis, psoriasis, colitis, vitiligo, diabetes tipo 1, esclerosis, lupus…


¿Esto solo le pasa a algunas personas?

Solo algunas personas tienen celiaquía o una reacción autoinmune al gluten.

Pero para todas las personas, cuando el gluten atraviesa la pared intestinal, es detectado por el sistema inmune, que inicia una respuesta inflamatoria para defender al cuerpo. Es decir: el gluten provoca inflamación para todos. Por eso a todos nos conviene reducir el consumo de gluten. 

Cuando la inflamación es alta, es cuando aparecen los síntomas que enlistamos antes, desde fatiga constante, aumento de peso, abdomen hinchado, estreñimiento, diarrea y dolores de cabeza hasta anemia, depresión, ansiedad y problemas en la piel. 

Además, los intestinos tienen pliegues y pequeñas cavidades en donde el gluten se acumula, igual que cuando extiendes la masa del pan en una mesa y se queda pegada. Al acumularse así, obstaculiza la digestión y hace más difícil la absorción de nutrientes. 


¿Qué determina que algunas personas tengan síntomas y otras no?

Hay varios factores. 

Puede ser que su microbiota tenga un desequilibrio. Parece que hay cepas de bichos “benéficos” que nos protegen de la inflamación causada por el gluten, y otras cepas “dañinas” que la agravan, como algunas bacterias, parásitos y levaduras (como la cándida). Para eliminar parásitos y equilibrar la microbiota, es muy útil seguir nuestro Protocolo de desparasitación lunar. 

Otro factor es qué tan pequeños probamos el gluten. Muchos estudios indican que si se evita que un bebé coma gluten durante su primer año de vida, el riesgo de ser celíaco disminuye hasta 4 veces. 

También influye el consumo de antibióticos (que dañan el equilibrio en la microbiota), la exposición a toxinas (en la comida procesada, en frutas y verduras no orgánicas, en carne con antibióticos y hormonas, en productos de limpieza y de cuidado personal, etc.) y los niveles crónicos de estrés. 

Por eso para reducir los síntomas no se trata solo de eliminar el gluten de la alimentación, sino de reducir todos estos factores agravantes: hay que equilibrar la microbiota, evitar los antibióticos innecesarios, reducir la exposición a toxinas, llevar una alimentación muy saludable y reducir el estrés. 

Quienes desarrollan celiaquía o una condición autoinmune, tienen una predisposición genética que se activa cuando se exponen a factores como el gluten, estrés, infecciones, etc. 


¿Qué hacer para saber si el gluten te está provocando síntomas?

Aunque hay análisis de laboratorio, no son muy accesibles ni completamente concluyentes.

Por eso, la mejor manera de comprobar si el gluten te está provocando síntomas es hacer un “reto sin gluten”.

Debes eliminar completamente el gluten de tu alimentación durante al menos un mes (pero mucho mejor si lo haces durante 2 meses). Ojo, para lograrlo hay que leer las etiquetas e investigar, pues el gluten puede estar en mayonesa, aderezos, embutidos, papas fritas, soya, sopas, salsas, medicamentos, suplementos y hasta productos de belleza. 

Después de un mes o dos, vuelve a probar el gluten. Si tus síntomas se reducen mientras no estabas comiendo gluten y reaparecen cuando vuelves a comerlo, tienes alguna forma de sensibilidad al gluten.

Aún así, muchos granos que no tienen gluten, como el maíz, la avena y el arroz, tienen proteínas que son muy similares en estructura y provocan reacciones muy parecidas. Todos los cereales tienen su propio tipo de proteína similar al gluten: la de la avena se llama avenina y la del maíz se llama zeína. Todas son inflamatorias para el intestino. 

Además, muchas personas que tienen sensibilidad al gluten también reaccionan a la caseína, la proteína de la leche. 

Por eso, es mucho mejor si eliminas también todos los granos y los lácteos durante tu reto “sin gluten”. Aquí te explicamos con detalle cómo hacer este plan de eliminación.

Si después de tu reto sin gluten, sin granos y sin lácteos descubres que tienes sensibilidad al gluten, lo mejor es eliminarlo definitivamente de tu alimentación, pues sabemos que el cuerpo puede tardar hasta 6 meses en combatir sus efectos cada vez que lo comes. Al mismo tiempo, te ayudará mucho a disminuir los síntomas si atiendes también los demás factores, como el equilibrio de la microbiota, reducir tu exposición a toxinas, reducir el estrés y alimentarte muy sanamente. 

Si quieres una asesoría para ayudarte a identificar si eres sensible al gluten y hacer un plan para mejorar tus síntomas, ¡contáctate con nosotros!

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